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20111005

Happiness





Consideramos que estas verdades son evidentes: que todos los hombres son creados iguales; que están dotados por el Creador de derechos inalienables, entre los cuales están el derecho la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad.

A. Lincoln en la Declaración de independencia



20110824

instantes







Si pudiera vivir nuevamente mi vida, en la próxima trataría de cometer más errores. No intentaría ser tan perfecto, me relajaría más. Sería más tonto de lo que he sido. De hecho, tomaría muy pocas cosas con seriedad. Sería menos higiénico, correría más riesgos, haría más viajes. Contemplaría más atardeceres, subiría más montañas, nadaría más ríos. Iría a más lugares adonde nunca he ido. Comería más helados y menos habas, tendría más problemas reales y menos imaginarios. 


Yo fui una de esas personas que vivió sensata y prolíficamente cada minuto de su vida; claro que tuve momentos de alegría, pero si pudiera volver atrás trataría de tener solamente buenos momentos. Por si no lo saben, de eso está hecha la vida: sólo de momentos. No te pierdas el ahora. Yo era uno de esos que nunca iban a ninguna parte sin un termómetro, una bolsa de agua caliente, un paraguas y un paracaídas. Si pudiera volver a vivir, viajaría más liviano. Si pudiera volver a vivir comenzaría a andar descalzo a principios de la primavera, y seguiría descalzo hasta concluir el otoño. Daría más vueltas en calesita, contemplaría más amaneceres, y jugaría con más niños, si tuviera otra vez vida por delante. Pero ya ven, tengo 85 años... y sé que me estoy muriendo.


J. L. Borges, Instantes

20110819

el principio del final





La ciudad que odiaba, ahora lo sabía, tenía otro significado, una nueva valoración de la experiencia que había dejado en mí sus huellas indelebles. Debía regresar todavía una vez más para poder abandonarla para siempre, para liberarme de ella.


L. Durrell, Clea (El cuarteto de Alejandría, IV)



20110815



Grábame como sello en tu corazón, grábame como sello en tu brazo, porque es fuerte el amor como la muerte, es cruel la pasión como el abismo; sus dardos son dardos de fuego, llamaradas divinas. Las aguas caudalosas no podrán apagar el amor, ni anegarlo los ríos. Quien quisiera comprar el amor con todas las riquezas de su casa, sería despeciable.


Cant 8, 6-7



20110705

JDMC




Si las puertas de la percepción permanecieran abiertas,
todo se mostraría ante el hombre como realmente es:

infinito.

W. BLAKE




20110703

cuentos


Un artista del trapecio -como se sabe, este arte que se practica en lo alto de las cúpulas de los grandes circos es uno de los más difíciles entre todos los asequibles al hombre- había organizado su vida de tal manera -primero por afán profesional de perfección, después por costumbre que se había hecho tiránica- , que, mientras trabajaba en la misma empresa, permanecía día y noche en el trapecio. Todas sus necesidades -por otra parte muy pequeñas- eran satisfechas por criados que se relevaban a intervalos y viginaban debajo. Todo lo que arriba se necesitaba lo subían y bajaban en cestillos contruidos para el caso.
De esta manera de vivir no se deducían para el trapecista dificultades especiales con el resto del mundo. Solo le resultaba un poco molesto durante los demás números del programa, porque como no se podía ocultar que se había quedado arriba, aunque permanecía quieto, siempre alguna mirada del público se desviaba hacia él. Pero los directores se lo perdonaban, porque era un artista extraordinario, insustituible. A demás era sabido que no vivía así por capricho y que solo de aquella manera podía estar siempre entrenado y conservar la extrema perfección de su arte.
Además, allá ariba se estaba muy bien. Cuando, en los días cálidos de verano, se abrían las ventanas laterales que corrían alrededor de la cúpula y el sol y el aire irrumpían en el ámbito crepuscular del circo, era hasta bello. Su trato humano estaba muy limitado, naturalmente. Alguna vez trepaba por la cuerda de ascención algún colega de "tuné", se sentaba a su lado en el trapecio, apoyado uno en la cuerda de la derecha, otro en la de la izquierda, y charlaban largamente. O bien los obreros que reparaban la techumbre cambiaban con él algunas palabras por una de las claraboyas, o el electricista que comprobaba las conducciones de luz en la galería más alta le gritaba alguna palabra respetuosa, si bien poco comprensible.
A no ser entonces, estaba siempre solitario. Alguna vez un empleado, que erraba cansadamente a las horas de la siesta por el circo vacío, elevaba su mirada hacia la casi atrayente altura, donde el trapecista descansaba o se ejercitaba en su arte sin saber que era observado.
Así hubiera podido vivir tranquilo el artista a no ser por los inevitables viajes de lugar en lugar que le molestaban en sumo grado. Cierto es que el empresario cuidaba de que este sufrimiento no se prolongara innecesariamente.
El trapecista salía para la estación en un automóvil de carreras que corría, a la madrugada, por las calles desiertas, con la velocidad máxima; demasiado lenta, sin embargo para su nostalgia del trapecio.
En el tren estaba dispuesto un departamento para él solo, en donde encontraba, arriba, en la redecilla de los equipajes, una sustitución mezquina -pero de algín modo equivalente- de su manera de vivir.
En el sitio de destino ya se estaba enarbolando el trapecio mucho antes de su llegada, cuando todavía no se habían cerrado las tarblas ni colocado las cuertas. Pero para el empresario era el instante más placentero aquen en el que el trapecista apoyaba el pie en la cuerda de subida y en un santiamén se encaramaba de nuevo sobre su trapecio.
A pesar de todas estas precauciones, los viajes perturbaban pravemente los nervios del trapecista, de modo que por muy afortunados que fueran económicamente para el empresario, siempre le resultaban penosos.
Un vez que viajaban, el artista en la redecilla, como señando, y en eplresario recostado en el rinción de la ventana, leyendo un libro, el hombre del trapecio de apostrofó suavemente . Y de dijo, mordiéndose los labios, que en lo sucesivo necesitaba para vivir, no un trapecio, como hasta entonces, sino dos, dos trapecios, uno frente al otro.
El empresario accedión enseguida. Pero el trapecista, como si quisiera mostrar que la aceptación del empresario no tenía más importancia que su proposición, añadió que ninca más,en ninguna ocasión, trabajaría únicamente sobre un trapecio. Parecía horrorizarse ante la idea de que pudiera acontecerle alguna vez. El empresario, deteniéndose y observando a su artista, decparó nuevamente su absoluta conformidad. Dos trapecios son mejor que uno solo. Además, los nuevos ejercicios serían más variados y vistosos.
Pero el artista se echó a llorar de pronto. El epresario, profundamente conmovido, se levantó de un salto y le preguntó qué le ocurría, y como no reciviera ninguna respuesta, se subió al asiento, le acarició y abrazó y estrechó su rostro contra en suyo, hasta sentir las lágrimas en su piel. Despúes de muchas preguntas y palabras cariñosas, el trapecista exclamó, sollozando:
- Solo con una barra en las manos, ¡cómo podría yo vivir!
Entonces, ya fue muy fácil al empresario consolarle. Le prometió que en la primera estación, en la primera parada y fonda, telegrafiaría para que instalasen el segundo rapecio, y se reprochó a sí mismo la crueldad de haber dejado al artista trabajar tanto tiempo en un solo trapecio. En fin, le dio las gracias por haberle hecho observar al cabo aquella omisión imperdonable. De esta suerte, pudo el empresario tranquilizar al artista y volverse a su rincón.
En cambio, él no estaba tranquilo; con grave preocupación espiaba, a hurtadullas, por encima del libro, al trapecista. Si semejantes pensamientos habían empezado a atormentarle, ¿podrían ya cesar por completo? ¿No seguirían aumentando día por día? ¿No amenazarían su existencia? Y el empresario, alarmado, creyó ver en aquel sueño aparentemente tranquilo, en que habían terminado los lloros, comenzar a dibujarse la primera arruga en la lisa frente infantil del artista del trapecio.





F. Kafka, Un artista del trapecio

20110613

cuentos




El universo (que otros llaman Biblioteca) se compone de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales, con vastos pozos de ventilación en el medio, cercados por barandanas bajísimas. Desde cualquier hexágono se ven los pisos inferiores y superiores: interminablemente. La distribución de las galerías es invariable. Veinte anaqueles, a cinco largos anaqueles por lado, cubren todos los lados menos dos; su altura, que es la de dos pisos, excede a penas la de un bibliotecario normal. Una de las caras libres da a un angosto zaguán, que desemboca en otra galería, idéntica a la primera y a todas. A izquierda y a derecha del zaguán hay dos gabinetes minúsculos. Uno permite dormir de pie; otro, satisfacer las necesidades finales. Por ahí pasa la escalera en espiral, que se abisma y se eleva hacia lo remoto. En el zaguán hay un espejo, que fielmente duplica las apariencias. Los hombres suelen inferir de ese espejo que la Biblioteca no es infinita (si lo fuera realmente, ¿a qué esa duplicacion ilusoria?); yo prefiero soñar que las superficies bruñidas figuran y prometen el infinito... La luz procede de unas frutas esféricas que llevan el nombre de lámparas. Hay dos en cada hexágono: transversales. La luz que emiten es insuficiente, incesante.
Como todos los hombres de la Biblioteca, he viajado en mi juventud; he peregrinado en busca de un libro, acaso del catálogo de catálogos; ahora que mis ojos casi no pueden descifrar lo que escribo, me preparo a morir a unas pocas leguas del hexágono en el que nací. (...)








J. L. Borges, La Biblioteca de Babel

20110601

cambiar de casa



Cambiar de casa puede parecer, en una mirada poco atenta, como cambiar de piel. Pero es más que eso. Los espacios de la vivienda están interiorizados de tal modo que moverse por ellos acaba constituyendo una forma de moverse por el interior de uno mismo. Cuando vamos de la cocina al cuarto de trabajo, en busca de las gafas que hemos olvidado sobre la mesa, no estamos haciendo un recorrido exterior a nosotros mismos, sino un viaje íntimo a través de una geografía imaginaria en la que están implicadas todas las habitaciones en las que hemos vivido. Estas oquedades físicas se han transformado con el tiempo en espacios morales que visitamos cada vez que nos lanzamos desde el pasillo a la aventura, en apariencia intrascendente, de atravesar la casa.

Si cierras los ojos y reproduces las sucesivas habitaciones de tu vida, comprobarás que con la suma de todas ellas podrías construir una vivienda que al final sería una réplica de ti mismo. Tendría lugares inaccesibles, porque hay habitaciones que no hemos coseguido alcanzar, aunque hayamos dormido en ellas. Habría también espacios oscuros, húmedos, que representan esas formaciones cavernosas de la conciencia que frecuentas poco. Y lugares llenos de corrientes de aire, como los pulmones, de los que te retiras cuando comienzan los primeros fríos de septiembre. Y escaleras, multitud de escaleras que todavía no has averiguado si servían para bajar o para subir. No digo nada de los pasillos, porque en ellos, por lo general, hemos tallado minuciosamente nuestros primeros miedos a lo desconocido. Ellos representan, más que ninguna otra figura arquitectónica, la inestabilidad de lo real, pues los hay que por la noche se convierten en callejones que nunca tendremos el valor de atravesar.

Cada vez que hacemos una mudanza, nos juramos que será la última, pero no es cierto, siempre reincidimos. Y aunque procuramos comunicar a todo el mundo la nueva dirección, podemos jurar que habrá una carta, quizá la única que merecía la pena, que se perderá. Por eso nos cambiamos también, para conservar la impresión de que tenemos algo que, aunque importante, es irrecuperable.




J. J. Millás, Artículos periodísticos

20110530







Increíble, parecería que cuanto él se junta conmigo hay paredes que se caen, montones de cosas se van al quinto demonio, y de golpe el cielo se pone fabulosamente hermoso, las estrellas se meten en esa panera, uno podría pelarlas y comérselas.






Julio Cortázar, Rayuela

20110515

ggm






Durmió sin saberlo, pero sabiendo que continuaba viva en el sueño, que le sobraba la mitad de la cama, y que yacía de costado en la orilla izquierda, como siempre, pero que le hacía falta el contrapeso del otro cuerpo en la otra orilla. Pensando dormida pensó que nunca más podría dormir así, y empezó a sollozar dormida, y durmió sollozando sin cambiar de posición en su orilla, hasta mucho después de que acabaron de cantar los gallos y la despertó el sol indeseable de la mañana sin él.






Gabriel García Márquez, El amor en tiempos del cólera

20110417

París




¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua. Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico.



Julio Cortázar, Rayuela

20110223

on the road again

Sigo a la gente que me interesa, porque la única gente que me interesa
es la que está loca, la gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse,
con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla
de lugares comunes, sino que arde, arde como fabulosos cohetes amarillos
explotando como arañas entre las estrellas.
Jack Kerouac, En el camino

20110208

Le Petit Prince



Sobre tu pequeño planeta te bastaba con mover tu silla algunos pasos,
y contemplabas el crepúsculo cada vez que lo querías.
- Un día, vi ponerse el sol cuarenta y tres veces.
Y poco después agregaste:
- ¿Sabes...? Cuando uno está verdaderamente triste, son agradables las puestas de sol...
- ¿Estabas, pues, verdaderamente triste el día de las cuarenta y trez veces?
El principito no respondió.

20110205

Nous ne sommes pas au monde


Allí donde esté tiene el pelo ardiendo como una torre y me quema desde lejos,
me hace pedazos nada más que con su ausencia.
RAYUELA

20101213

lovers in Budapest


El amor es paciente, es bondadoso. El amor no es envidioso, no es jactancioso, no es orgulloso. No hace nada indevido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor. No se deleita en la injusticia, sino que busca la verdad.
Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo aguanta.
El amor nunca deja de ser.
1 Corintios, 13:4-8

20101203

Neruda


Aquí te amo.
En los oscuros pinos se desenreda el viento.
Fosforece la luna sobre las aguas errantes.
Andan días iguales persiguiéndose.

Se desciñe la niebla en danzantes figuras.
Una gaviota de plata de descuelga del ocaso.
A veces una vela.
Altas, altas estrellas.

O la cruz negra de un barco.
Solo.
A veces amanezco y hasta mi alma está húmeda.
Suena, resuena el mar lejano.
Éste es un puerto.
Aquí te amo.

Aquí te amo y en vano te oculta el horizonte.
Te estoy amando aún entre estas frías cosas.
A veces van mis besos en esos barcos graves,
que corren por el mar hacia donde no llegan.
Ya me veo olvidado como estas viejas anclas.
Son más tristes los muelles cuando atraca la tarde.
Se fatiga mi vida inútilmente hambrienta.
Amo lo que no tengo,
estás tú tan distante.

Mi hastío forcejea con los lentos crepúsculos,
pero la noche llega y comienza a cantarme.
La luna hace girar su rodaje de sueño.

Me miran con tus ojos las estrellas más grandes.
Y como yo te amo, los pinos en el viento
quieren cantar tu nombre con sus hojas de alambre.